Y entonces, recuerdo
que no temía a la voz engrosada
bajo el rostro divertido de mi padre,
ni a la sentencia
de aquel anuncio televisivo
cuando emitía, como si el mundo sucumbiera,
un lacónico mensaje
al mostrar sobre los montes su silueta.
Mi miedo era otro,
me apenaba recorrer
colina tras colina hasta llegar a casa
desnudo de sensaciones,
un viaje no era lo mismo
si la imaginación viajaba solitaria
sin las aventuras que provocaba
su figura
en el silencio fugaz de la carretera.
Por eso cuando los veo,
sigo parando, me gusta pensar que,
a pesar de los años,
sigo soñando.

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